24 agosto 2016

Keith Richards y sus orgías sangrientas

Keith Richards se embolsó un adelanto de unos cinco millones de euros por sus memorias. Una cifra que se antojaría excesiva si no fuera por los primeros retazos del libro, que el diario The Times ha empezado a publicar este fin de semana y que están salpicados de pasajes escabrosos, orgías sanguinolentas y sobredosis de cuernos, hachís y rock and roll.

El catálogo de obscenidades entra dentro de la lógica en un tipo como Richards, cuyo rastro satánico ha dado pie a leyendas urbanas que durante medio siglo han coloreado las páginas de los tabloides. Pero el libro sorprende por su crudeza y su sinceridad. Y por capacidad del músico para apuntar en todas direcciones. En todas menos contra sí mismo.

De los primeros extractos de Life (Wiedenfeld & Nicolson, 2010), destaca el retrato vívido del entorno en el que floreció la fama de los Stones en los 60. Un entorno moldeado por los excesos con los ácidos y la cocaína y sazonado por los polvos ocasionales con las adolescentes que los acompañaban allá donde iban como un magma irracional y embriagador. «Es como si alguien hubiera encendido un interruptor en alguna parte. A las chicas de los 50 las educaron como palos de hockey y de pronto hubo un momento en el que decidieron dejarse llevar. Todo exudaba lujuria. Era como estar en un río lleno de pirañas. Estas chicas salían allí con las prendas rasgadas y las bragas húmedas. Podría haber sido cualquiera. Fue algo prodigioso. Sobre todo porque seis meses antes no lograba llevarme a nadie a la cama. Tenía que pagar por ello».

El trajín sexual era sólo la mitad del trato. La otra mitad era el consumo de sustancias prohibidas. Hubo anfetaminas, cocaína y LSD. Y los efluvios de la legendaria Kasbah de Tánger, donde Richards y sus colegas podrían pesarse días enteros noqueados por la pureza del hachís norteafricano. Era un tiempo sin redadas ni brigadas de estupefacientes. «Yo solía pasearme por Oxford Street con un trozo de hachís del tamaño de un monopatín», explica Richards, «ni siquiera me molestaba en envolverlo. Me refiero a los años 1965 y 1966. Era un momento de libertad total. Ni siquiera creíamos que aquello era ilegal y la policía no sabía nada sobre drogas».

Aquello no podía durar y terminó abruptamente una madrugada de febrero de 1967. La policía tomó por asalto la mansión de Richards en la campiña y les procesó a él y a Mick Jagger por posesión de sustancias prohibidas. Les había vendido su chófer belga.

«Recuerdo que miré por la ventana y fuera estaba este grupo de enanos vestidos todos iguales», explica Richards. «Intentaron leerme una orden de registro. Pero yo les dije: 'Eso está muy bien. Pero hace mucho frío ahí fuera. Pasad aquí dentro y leédmelo junto a la chimenea'. Nunca me habían arrestado y estaba bajo los efectos del ácido».

Aquella noche fue un punto de inflexión en la carrera de Richards. El proceso judicial puso a prueba la supervivencia del grupo. Pero también ejerció un efecto multiplicador sobre su fama, que se disparó dentro y fuera del Reino Unido. Y creó leyendas imperecederas como la de Marianne Faithfull sorprendida por la policía con una barrita de chocolatina Mars en la entrepierna.

Se podría decir que la redada fue el final de la inocencia y el inicio de un desenfreno más sofisticado cuyo epítome fue el viaje que emprendieron Brian Jones y el propio Richards unos días después del incidente. Estaban presentes todos los ingredientes de una road movie. Un Bentley con un doble fondo en la guantera para esconder los tesoros de la policía y dos mujeres de bandera: Deborah Dixon y Anita Pallenberg, que estaba inmersa en una relación destructiva con Jones pero se sentía atraída por Keith Richards.

A Jones lo dejó fuera de combate una neumonía en Toulousse y Deborah prefirió abandonar al grupo en Barcelona. Dos detalles que forzaron la explosión hormonal entre Anita y Richards, al que no le importó que ella fuera la novia de su amigo. En parte porque Jones la trataba como un guiñapo y en parte porque todo sucedió demasiado rápido. «Recuerdo que estábamos más y más cerca y de pronto ella rompió el hielo. Nos miramos y dijimos: 'A la mierda'. En el asiento de atrás de aquel Bentley. En algún lugar entre Barcelona y Valencia. La tensión sexual era tan grande que al minuto ella me estaba haciendo una felación. Era febrero. Pero en Valencia era como si fuera verano. Recuerdo el aroma de los naranjos en Valencia. Uno se acuerda de esas cosas cuando se tira por primera vez a Anita Pallenberg».

Con los años Anita y Richards se casaron y trajeron tres niños al mundo. Pero el suyo fue un matrimonio salpicado de infidelidades. La más jugosa el intercambio fortuito con la pareja que formaban Mick Jagger y Marianne Fatihfull. Según Richards, atizado por el ansia de venganza y el tamaño mínimo de miembro del cantante: «Ella no se lo pasaba bien con ese pene tan pequeño. Mick tiene un par de bolas enormes. Pero no tiene lo suficiente para llenar el hueco. Y no me sorprendió. En cierto modo me lo esperaba».

Drogas. "En 1965 y 1966 solía pasearme por Oxford Street con un trozo de hachís del tamaño de un monopatín. Ni siquiera me molestaba en envolverlo".
Heroína. "No la llaman heroína por casualidad. Uno puede estar un mes tomándola y no parar. Con ella en vena logras un chispazo increíble pero pasan dos horas y ya quieres más".
Groupies. "Todo exudaba lujuria. Era como estar en un río lleno de pirañas. Estas chicas salían allí con las prendas rasgadas y las bragas húmedas. Podría haber sido cualquiera".
'Micropene' Jagger. "Yo sé que tiene un enorme par de bolas. Pero no tiene lo suficiente para llenar el hueco. Y no me sorprende. En cierto modo me lo esperaba".

Marianne Faithfull. "Estábamos en plena faena cuando oí el coche de Mick [Jagger]. Salí por la ventana pero olvidé los calcetines. Marianne aún me toma el pelo con mensajes y me dice: 'Sigo sin encontrarlos'".

22 agosto 2016

El asesino en serie que era coronel

Coleccionaba galones en la guerrera. Estaba considerado uno de los pilotos de élite de Canadá. Se codeó con la reina de Inglaterra y el duque de Edimburgo mientras pasaban revista a la Fuerza Aérea. A sus 47 años, llevaba toda la vida sin levantar sospecha, casado con la directora de una presitigiosa asociación médica, con quien compartía pasión por el golf, la fotografía y la pesca.

El uniforme fue su mejor camuflaje, pero el coronel Russell Williams no pudo ocultar durante mucho más tiempo su condición de asesino y violador. Ayer compareció por tercer día en un tribunal de Ontario que esta misma semana le condenará seguramente a cadena perpetua. Por primera vez, los familiares de las víctimas pudieron ver los vídeos y las fotos de sus perversiones y atrocidades.

En la imagen que ha dado ya la vuelta al mundo, el coronel Williams aparece vestido con el sujetador (negro) y las bragas (rojas) de una de sus víctimas. El militar asesino grabó con la cámara la violación, tortura y agonía de dos mujeres, Marie-France Comeau y Jessica Lloyd. Durante el juicio ha confesado al menos otros dos asaltos sexuales, 82 robos en domicilios particulares para saciar sus veleidades fetichistas y el acoso a menores, movido por un impulso pedófilo.

Su mujer, Mary-Elizabeth Warriman, asegura que no sospechó nada en sus 19 años de matrimonio. «Nunca vi nada que pudiera hacerme pensar que Williams era capaz de hacer algo así», dijo ante el tribunal el mayor Greg McQuaid, su inmediato superior, que definió al coronel como «un tipo agradable y muy trabajador».

Las atrocidades de Williams, como sacadas de las novelas de Stieg Larsson, estaban sin embargo a la vista de cualquiera. En su garaje coleccionaba la ropa interior de sus víctimas. La policía descubrió las fotos y los vídeos con sus crímenes en su ordenador, donde también estaba la carta de condolencia que envió a la familia de la primera mujer asesinada, la cabo Marie-France Comeau.

Williams irrumpió en su casa en noviembre del 2009. Durante dos horas la golpeó y violó ante su cámara. «He sido buena, quiero vivir», llegó a decir antes de morir asfixiada. Tres meses después eligió otra víctima, Jessica Lloyd. Forzó la puerta de su apartamento y maniató a la joven de 27 años. Tomó fotos de ella en ropa interior y la violó. «Si muero, ¿se asegurará de que mi madre sepa que la quiero?», le imploró entre convulsiones. La asfixió con una cuerda.

«Si muero, ¿se asegurará de que mi madre sepa que la quiero?», llegó a implorarle una de las víctimas

1963: Nace en Bromsgrove (Inglaterra). 1987: Ingresa en el Ejército canadiense. 2000: Destinado a la base de Trenton, se le considera uno de los pilotos de élite. Lo trasladan a Dubai. 2005: Pasa revista a las fuerzas aéreas junto a la Reina de Inglaterra. 2010: Detenido por dos asesinatos, varias violaciones y 82 robos domiciliarios. Se enfrenta a una condena de cadena perpetua.

20 agosto 2016

La naturaleza y los homosexuales

Es inmoral, obsceno y absolutamente intolerable que en el interior de la Iglesia más importante de la cristiandad haya estas figuras desnudas, con los genitales en evidencia», profirió a gritos el cardenal Oliviero Carafa, quien con el tiempo se convertiría en el Papa Pablo IV, cuando contempló los carnales y voluptuosos frescos del Juicio Final que entre 1536 y 1541 Miguel Angel realizó en la Capilla Sixtina. «¡Qué escándalo! 

Estas pinturas son adecuadas para unos baños públicos o una taberna, pero no para una capilla», aseguran que clamó, rojo de ira, Biagio da Cesena, el maestro de ceremonias de León X y de los cuatro sucesivos Papas.

Pero todas esas objeciones podrían tener un fundamento real. Elena Lazzarini, una investigadora italiana experta en pintura renacentista y profesora de la Universidad de Pisa, sostiene que Miguel Ángel podría haberse inspirado para la realización del Juicio Final en los cuerpos musculosos de los chaperos, peones y descargadores que solían pulular por los baños públicos, unos antros que el artista frecuentaba a fin de poder estudiar de cerca el físico masculino. Y donde habría presenciado escenas de prostitución homosexual que también plasmaría en los 45 metros cuadrados que ocupa ese colosal fresco de la Capilla Sixtina, donde se reúnen los cardenales a la muerte de un Papa para elegir al nuevo Pontífice.

«Estoy convencida de que las figuras descendiendo al infierno y subiendo al cielo que se observan en el Juicio Final están inspiradas en los cuerpos viriles y musculosos de obreros y descargadores que Miguel Ángel veía en los baños públicos», asegura a Crónica Elena Lazzarini, quien acaba de publicar en Italia Desnudo, arte y decoro. «Son cuerpos enérgicos, corpulentos, de alguien que se gana la vida con el sudor de su frente. 

Y no sólo eso: también reflejan el esfuerzo físico, desde músculos tensos hasta rostros que denotan dolor y cansancio».

Lo cierto es que en el siglo XV, y al igual que ya ocurriera en Francia y en Alemania, en ciudades como Roma o Florencia comenzaron a proliferar los baños públicos. Lo mismo se podía disfrutar de una sauna o un baño de vapor, que purgarse la sangre con sanguijuelas o someterse a una pequeña intervención quirúrgica, como por ejemplo la extirpación de una verruga. Algunos tenían una clientela más selecta, pero la mayoría estaban dirigidos a la clase popular. Pero, sobre todo, eran lugares de gran promiscuidad en los que se podía contratar tanto a prostitutas como a profesionales del sexo masculinos.

«Las peleas no eran infrecuentes. Y, de hecho, en el Juicio Final se ve la figura de un hombre que es arrastrado al infierno por otro que le agarra de los testículos, y que probablemente se inspira en alguna reyerta que Miguel Ángel presenció en esas saunas», sostiene la profesora Lazzarini. «Y entre las figuras que el artista pintó subiendo al cielo hay unos besos y abrazos de naturaleza claramente homosexual, y que también se basarían en episodios de prostitución masculina que el genio presenció en esos baños».

Varias fuentes literarias e históricas revelan cómo Miguel Ángel y otros artistas de la época acudían a los baños públicos buscando modelos masculinos para luego sublimizar en sus obras de arte. El propio Giorgio Vasari, pintor e historiador del arte contemporáneo de Miguel Ángel, da cuenta de ellos en varias de las numerosas biografías de artistas que dejó escritas. «A partir de finales del siglo XV, cuando comenzaron los estudios del cuerpo en movimiento, a muchos artistas ya no les bastaba con llevar modelos a su atelier para observarlos y retratarlos. Así que empezaron a salir de sus talleres, sobre todo en Florencia. Leonardo o el propio Miguel Ángel lo hacían», destaca Lazzarini.

Pero quizás Miguel Ángel Buonarroti -quien jamás se casó y que cuando era cincuentón mantuvo una estrecha relación con un hombre la mitad de joven que él, a quien escribió 300 poemas de amor- era el que más obsesionado estaba con el estudio del físico masculino. Hasta el punto de que habría acudido incluso a los dispensarios médicos y a las morgues. «La teoría de la profesora Lazzarini es perfectamente plausible. Él estudiaba el cuerpo en todos aquellos lugares que podía, incluidos los hospitales», opina Antonio Paolucci, el director de los Museos Vaticanos.

Pero, además, Lazzarini interpreta el gran escándalo y las desaforadas acusaciones de obscenidad que en su momento desató el Juicio Final como un refuerzo de su teoría. «Hasta ahora, las palabras del maestro de ceremonias del Papa asegurando que el fresco de Miguel Ángel era más apropiado para unos baños públicos que para una capilla se habían interpretado en sentido metafórico. Pero podría tratarse de una descripción literal», sugiere.

Fueron tantas y tan apasionadas las críticas -hubo hasta quien abogó por destruirlo-, que en enero de 1564, un mes antes de la muerte de Miguel Ángel, el Concilio de Trento decretó que todas las partes pudendas que se veían en el fresco fueran pudorosamente cubiertas. La misión recayó en Daniele da Volterra, un alumno de Miguel Ángel que a partir de ese encargo recibió el ominoso apodo de El Bragetón. Fue bastante discreto, limitándose a recubrir con vaporosos drapeados la desnudez de algunas figuras. 

Con excepción de San Blas y Santa Catalina de Alejandría, objeto de algunas de las críticas más feroces porque mostraba a los dos santos en lo que parecía el acto de copular, y que Da Volterra rehizo completamente. Pero ni siquiera eso evitó que muchos siguieran escandalizados ante el Juicio Final y, de hecho, en los siglos sucesivos siguieron añadiéndose nuevas bragas a muchas de las figuras del artista.

18 agosto 2016

El divorcio más caro de la historia del fútbol

La modelo británica Claire Nicole Merry ha desenterrado en la isla de Ibiza parte de su botín de 9,2 millones de euros, fruto del divorcio más caro de la historia del fútbol.

El cofre del tesoro de la ex mujer del futbolista francés Thierry Henry se mostró rebosante de sostenes y bragas tras la mutación de la modelo en diseñadora, y gracias al patrocinio de la División Familiar de la Corte Suprema británica, ejecutor de una sentencia por la que el ex del Barça debía rascarse el bolsillo hasta perder un cuarto de su patrimonio. 

«Mi colección está hecha para mujeres con poder», reconoce la creadora de Dirty Pretty Things.

Sin embargo, la novata no alcanzaba para ser cabeza de cartel, y tuvo que compartir plaza con un Festival Urban, en el que un puñado de graffiteros pintarrajeaba coches y paneles a golpe de spray. Claire, que lucía un minivestido color hyde park después de un buen chaparrón, corría entre sus modelos alfileres en boca, subiendo bragas y ajustando camisitas y canesúes.

Era la primera vez que podía verse su lencería en cuerpos que no fueran el de Claire, que decidió ahorrar costes renunciando al reclutamiento de modelos, y usar sus propias curvas para explotar su catálogo.

Su firma también produce objetos sexuales como vibradores, pezoneras con flecos o fustas acabadas en una pluma, aunque la británica, en este caso, no ha tenido a bien posar con ellas. «Que quede bien claro que eso no lo diseña ella», advierte asustada una de sus colaboradoras.

No es para menos. El destino del ex patrimonio de Henry ha obsesionado a la prensa británica, que no ha dudado en cebarse con la modelo cada vez que sacaba una tarjeta de crédito. Que si se metía en una clínica a comprarse unos pechos nuevos, que si se dejaba varias decenas de miles de libras en tiendas de lencería... Todas ellas, inversiones que han ido destinadas a la futura creación de Dirty Pretty Things.

Henry y Merry se conocieron cuando protagonizaron una campaña publicitaria de la firma automovilística Renault. Se casaron en julio de 2003 y a los pocos meses tuvieron a Tea. Tras casi cuatro años de relación Henry huyó a Barcelona.

«Tengo que escapar de todo lo inglés, incluida, desgraciadamente, mi mujer», declaró Henry antes de contratar los servicios del mismo bufete de abogados que luchó por los intereses de Diana de Gales, en su divorcio del Príncipe Carlos, o de Heather Mills en el de Paul McCartney.

La sentencia judicial basa el motivo del divorcio en el comportamiento del delantero, quien decidió marcharse de Inglaterra. Al parecer, a Claire no le atraía en absoluto la idea de mudarse a España, lo que acabó rellenando de ceros su cuenta corriente. Curiosamente, ha decidido volver a convertir el territorio español en su pasarela para hacer caja.

La prensa inglesa también especuló con que otro de los motivos del divorcio era que al delantero le gustaba marcar goles fuera de casa.

«No pienso en si mi ropa le gustará a un hombre. Me gusta ponerme ropa interior bonita aunque nadie vaya a verla», asegura mostrando un trozo de elástico de su sujetador. Y otra cuestión: ¿Necesitan los hombres instrucciones para esta ropa? «Si un tipo necesita instrucciones para quitarme la ropa ten por seguro que no estará en mi cama».

16 agosto 2016

Jesulín de Ubrique es peor que un etarra

Uno ya lo sabía desde siempre. Los bandos no son buenos y el ataque en jauría sólo vale para bichos de cuatro patas. Ahora nos lo han vuelto a recordar. 

A uno Jesulín de Ubrique le ha parecido cualquier cosa menos objeto de defensa. Y al cabo de tantas vueltas aquí está uno dispuesto a echarle un capote, o por lo menos a señalar algunas vergüenzas de quien lo pone en lo más alto de la picota pública. 

Uno es antitaurino medular, analfabeto voluntario a la hora de entender que esa muerte por fases de un mamímefero tenga lo más mínimo que ver con el arte ni con nada relacionado con la belleza. 

Uno es un negado para poder y querer apreciar cualquier valor estético en esa tarea de carniceros, y cuando se alude al colorido del espectáculo uno piensa que se habla para tarados antediluvianos que no conocían el cinemascope y se maravillan de ver a unos tipos vestidos de modo ridículo y, eso sí, manejando trapos de colorines, como los de sus braguetas apretadas o sus calzas patéticas.

Uno no puede admitir desde un punto de vista moral que el tormento y la muerte de un animal se convierta en espectáculo ni que cualquier barbarie se ampare bajo el paraguas de la tradición, como si el hecho de sostener a lo largo de décadas o siglos una barbaridad la eximiera de su brutal condición. Pero menos puede uno entender que esa forma ostentosa de dar muerte a un animal sea comparada con un acto terrorista. Anteayer murieron unas cincuenta o sesenta personas en un atentado en Irak. Quizá a consecuencia de la bomba falleciera también alguna gallina o algún pollo o gorrión o escarabajo o perro que anduviera o volase por allí. Tal vez la asociación que ha pedido que los toreros sean considerados terroristas reivindique que junto a las personas muertas en un atentado se dé el número exacto de bichos afectados.

Jesulín, símbolo del machismo con sus corridas para mujeres con correspondiente lluvia y exhibición de bragas, un ser burdo y mentalmente ortopédico, un facineroso aireador de sus líos sentimentales a conveniencia y precursor (en eso acompañado por una nutrida legión) de un analfabetismo oficial, a uno le merece muy poco respeto. Pero menos aún quienes piden que sea considerado terrorista o más exactamente, según su terminología, terrorista taurómaco. La asociación que lo solicita firma con las sospechosas siglas ATEA. Sospechosas no por lo que se refiere a su incredulidad teológica sino a su similitud fonética y de trampantojo con quienes sí creen en el terrorismo, sobre todo después de oír uno de sus argumentos de fondo: «¿Por qué se condena a ETA y no a Jesulín?»

Esta gente, con su portavoz Kepa Tamames a la cabeza, no está reivindicando con sus declaraciones la piedad humana hacia los animales, sino la inhumanidad de sus argumentos y de sus sentimientos al equiparar un toro a un niño, a un hombre, a una mujer víctimas del terrorismo. Dicen que van a plantear un debate filosófico. Otro insulto para la filosofía y para la inteligencia. 

Pareciéndole a uno patético oír hablar de arte después de ver a un animal descabellado y a un tipo vestido de fantoche pasearse con unas orejas arrancadas en la mano, al escuchar a esta gente, la cosa empeora e indigna, porque uno asistiría con agrado a cien o a mil corridas de toros antes que ver a una persona mutilada o muerta en medio de un amasijo de hierros o con un tiro en la nuca. Lo dicho. 

No se puede ir en manada ni atacar en grupo. El hecho de que algo provoque nuestro rechazo no nos hermana con aquellos que parecen sentir lo mismo y que a veces nos causan más repulsión que el propio objeto de la repulsa. O sea, lo de siempre. Extranjero en todas partes.

14 agosto 2016

El olor del jazmín

De alguna manera la política es una forma de obligarnos a casi todos desde la dudosa verdad de unos pocos. Ahí empieza la primera malformación del oficio, el gesto malinche de un Gobierno. No falla. 

El inconveniente de las traiciones no asumidas es que están inmaduras para la sencillez expresiva. Sucede cuando las malas ideas se disfrazan de lobo retórico, de decretos punitivos dictados por hombres o mujeres que no saben irse despacio. Y al final sucede que los políticos tipo Zapatero, aquel que vino a refundar el caudal puro de la izquierda, nos dejan en las mismas bragas de esparto que los otros y además comiendo con los dedos.

Ningún presidente del Gobierno acepta dejar de serlo. Íntimamente se creen llamados a permanecer ahí por siempre. Y esa es otra traición. Sucede en el momento en el que se sustituye el manejo de principios por el de intereses. Cuando se malcambian algunas ideas de futuro por un puñado de votos desteñidos del que se ha borrado el escudo ideológico. Estamos de nuevo en esa onda. En los últimos 30 años nunca la política ha sido menos fascinante ni ha acarreado más sombras mediocres y delictivas. Entre todos los que son se han follado las utopías inmediatas de dos generaciones. Utopía ya de por sí menguada al hecho de cumplir con la letra del piso. A poder currar en lo que sea. A esa malformación se llega cuando desde el poder se interpretan ciertos derechos como un privilegio, cuando se olvida la calle con desprecio. Eso también es la traición. Eso es ir quedándose solo, como afirmaba a su modo Ingmar Bergman.

En un memorable verso, el gran Francisco Brines dice: «Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde». Pues escuchando ayer la radio yo sé que oí a Zapatero en un viernes de mi agónica juventud, y no existió la izquierda. Nos han depositado, perdón por la tristeza, en el páramo de una democracia desértica dónde hoy espera turno la derecha rampante. Los políticos se han bunkerizado. Y entretanto se atreven a darnos a entender que nuestra decepción resulta irremediable porque es la fianza del Estado del bienestar. Es decir, el cebo humano que se cobran los bancos, las sociedades de inversión, los lobbies especulativos, los impulsores de la perversa euforia del pasado. La vieja licantropía del dinero que se presenta ahora disfrazada de oveja con infarto. Y esa es una insoportable verdad.

«No siento que haya traicionado mis principios con la reforma laboral». Lo dijo Zapatero. Y es fastuoso. Ya se lo contaremos. Para decir eso hay que tener el corazón bajo y blando, e incapaz ya de nada grande.

12 agosto 2016

Angelina y su parroquia de niños

Está entre Marilyn y Cleopatra, dos papeles aún pendientes, pero entretanto va Angelina y se nos descuelga de heroína de acción, según la película que la tiene aupada en estos días a las portadas. No es que Angelina salga mucho en las portadas, sino que no sale de la portada. Lo que pasa con esta mujer es que no para, y lo mismo anuncia una adopción que anuncia un nuevo tatuaje. Entre una cosa y otra, saca tiempo para afianzarse de actriz. 

Luego está el empleo de señora de Brad Pitt, con el que le da mucho trote a los jacuzzis de oro. La pareja está rebautizada como Bradgelina, con algo de coyunda de sus nombres y algo de empresa no sólo sentimental, quizá. Han llegado, alguna vez, al virtuosismo de separarse el mismo domingo en que se reconcilian. Lo de Bradgelina sirve también para dar nombre a toda esa parroquia de niños de todos los colores que ellos pasean, entre los propios y los adoptados. Hay muchas Angelinas, lo que quiere decir que Angelina sólo hay una. 

A mí me seduce más la rubia heterodoxa que iba por la vida besando mujeres en la boca, y no tanto la madre planetaria de bebés de spot. 

Mola más la de pasado canalla que la de presente de escaparate, como madre en promoción. Metida a actriz, me engancha más cuando no lleva pistola, que es su vertiente comercial de Tom Cruise con bragas. En todo caso, tiene una cabeza estupefaciente de ángel sexual, y le pone morbo a su figura un antaño de noches sáficas y oscuras tentaciones diversas. La Angelina que va de madraza que no cesa está ahí también, para lujuria del chisme de peluquerías, pero nos embelesa antes esa otra chica con accidente de pantera, con malditismo de dorado cuchillo interior. Si no fuera porque a Brad y a Angelina los prestigia un talento interpretativo, ahora mismo los hermanábamos con David Beckham y Victoria Adams, que son otra lucida y entreclara pareja de mucha empresa, y perdonen la comparación. 

Asoma en ambos matrimonios un afán común de pasarela, una fiebre semejante de no curarse del oficio de ser famoso. Obviamente, Victoria no es Angelina, ya le gustaría, y donde esté Brad que se quite David. Pero tienen los cuatro un vago aire de familia que desconcierta y hasta descontenta. Todos son Bradgelina, esa bobada, que no sabemos lo que es, pero sí.